sábado, 26 de marzo de 2011

/29/



Hoy, mientras iba en el Cercanías hacia la Universidad, he mirado por la ventana. He visto un poblado chabolista antes de la estación de Villaverde Bajo. He pasado por aquí dos veces al día durante más de seis meses, y nunca me había dado cuenta. No es pequeño. Tampoco grande. Me avergüenzo un poco por no haberlo visto antes, y vuelvo a mirar hacia mi libro.

La pobreza se esconde detrás de casi todas las esquinas, aunque no nos percatemos, con su determinismo biológico, su absentismo escolar y sus hurtos en el Carrefour Express. Da pena. Saber que están solo a quince minutos de la Universidad. Lo bien que les pillaría ir hasta allí. Llegarían siempre puntuales, con su manzana en la mochila. 

Es triste saber que la combinación de la marginación social y su propia auto-exclusión les mantendrá ahí eternamente, reproduciendo durante años un ciclo generacional que no beneficia a nadie. 

Es triste saber que su única mudanza será cuando a Esperanza le aburra que al otro lado de las vías, enfrente de su querida Caja Mágica, haya un poblado chabolista. Y no, no será una mudanza con camiones repletos de cómodas y lámparas de mesa. Será una mudanza con excavadoras que destrozarán lo poco que poseen. 

Es triste saber que sus hijos harán exactamente lo mismo, dormir la siesta escudriñando los huecos de luz que dejan las grietas de los cartones y las planchas de PVC del techo. Despertando entre escombros y chatarra. Esperando un mañana mejor que nunca llega.

Y es triste saber que nuestros gobiernos se empeñan en hacer de la gente pobre, gente nómada. Ese no es el problema de base. Pero bueno, mientras pasa el tiempo, pueden seguir jugando al gato y al ratón hasta que estos nómadas contemporáneos consigan descubrir un sitio donde la imagen de la ciudad no se vea deteriorada. O hasta que venga el Sarkozy de turno y les mande a mendigar a otra parte, claro. Por mi parte, buenas noches. Y ojalá que buena suerte.

viernes, 25 de marzo de 2011

/28/




Llegar tarde es algo inherente a mi persona. Siempre me retraso. Espero no llegar tarde a vivir. Que no me dé tiempo a disfrutar, que me quede dormido, que el último tren de la noche pase por delante de mis narices. Que cierren todos los bares antes de despertarme, todos los parques, los bancos, los chinos. Que estén en obras todas las bibliotecas, también las que abren veinticuatro horas. Incluso que se cierren por liquidación todas las piernas.

Que no tenga fuerzas para correr, porque me pesan las botas, o los riñones, o yo que sé. O que mi sonrisa se quiebre y no le dé tiempo a volver a reconstruirse, y verme un día en el geriátrico lamentándome de lo imbécil que fui. Podía haber sido feliz si hubiera salido antes de casa. Si hubiera cogido aquel tren. Ahora es tarde. Otra vez será.

domingo, 6 de marzo de 2011

/27/



Porque vives en la vereda de la puerta de atrás, compartimos (casi) el pisito, a los dos nos da vértigo el punto muerto y peleamos por ser la flor más puta. Soñamos juntos con conocer al verdadero Pepe Botika aunque tengamos un sustituto bastante ilustre, salimos, bebemos, e incluso en ocasiones, consigues que yo también hable con la gente. Y nos dan las diez, y las once... Tu la cerveza, yo la espuma, o viceversa.

Porque no quiero vivir sin ti, no hay manera, de verdad te lo digo. No se que hace una chica como tu en un sitio como este, pongamos que hablo de Madrid, pero me alegro de que ese sitio me quede cerca de casa.

Porque cada una de tus partes es parte de mí, y al menos la mitad de mis sonrisas eres tú. Gracias, y no, no es extraño que esté loco por ti.

viernes, 4 de marzo de 2011

/26/



Siempre bañándote en relojes de arena. Disfrutas viendo lo lento que pasa el tiempo, lo que tarda en bajar hasta el último grano. Te pongo guindillas bajo la almohada para darle ese punto picante a tu vida, que dejes ya de contar arena, minutos, tiempo. Aun así tú sigues levantándote con el edredón como capa, preguntando si hay naranjas para hacerte un zumo  y volviendo a la cama tras descubrir que no queda ninguna. Todo en tu vida es como una decepción constante. No haces nada porque no tienes expectativa de conseguirlo, y es cierto que cuando lo intentas, la vida te da por culo. Pero bueno, ya no pienses más en el ayer, que mañana es otro día.

Cómprate el helado más caro del mundo, pisa baldosas, huele flores o léete tu libro favorito hasta que te salga costra en los dedos de pasar página otra vez, pero haz algo que te haga sentir vivo. Que no haya más escarcha en tus venas ni plomo en tus talones. Que en cada paso tus zapatillas se levanten del suelo sin remedio. Cambia. Ya no quiero más tu amor de garrafón, tu sexo de saldo. Ropa interior con el elástico desgastado. Cansancio entre tus resquicios. ¿Por qué te empeñas en vivir la vida a mitad de intensidad? En mi cajón hay espacio para dejar también tu rutina.