jueves, 13 de octubre de 2011

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El otro día caminando por el metro descubrí, entre náuticos y manoletinas, a multitud de niños haciendo bíceps con estandartes del tamaño de la bandera de la plaza de Colón. No sé qué tipo de padres hacen madrugar a sus hijos para ver una sucesión de tanques y aviones. Por suerte, los míos nunca lo hicieron, preferían traer churros tempraneros cuando el ruido de los pájaros de hierro me devolvía a la vigilia en días sin clase. Cosas de vivir cerca de la Castellana.

Nunca entendí que alguien pudiera emocionarse con un trozo de tela, una cabra sargento o aviones que se tiran pedos de humo rojiguáldico. Que alguien llegara a disfrutar de un desfile cuya nula utilidad se acompaña de los clásicos falangistas que nunca faltan a la cita. Esos que acuden ataviados de Generalísimo, con más medallas que un campeonato de waterpolo, y cuyo único objetivo vital es abuchear al gobierno de turno mientras sufren erecciones con un hilo musical digno del cumpleaños de Primo de Rivera.

Disculpen, seguidores acérrimos de Don Francisco, España ya no es una, grande y libre. España son muchas, más grandes y, afortunadamente, más libres. Cuarenta y ocho millones de individuos con idiosincrasia propia, no colectividades agrupables en grupos estadísticos. Basta ya de celebrar la pertenencia a una raza, de rememorar un apartheid que debimos dejar atrás hace tiempo y que hace sentir extraños a miles de ciudadanos. No por nacer en Bucarest en lugar de en Talavera de la Reina, son habitantes menos legítimos que tú o que yo. España no es más que un simple trozo de tierra conquistada a base de plomo y sangre.

Que nadie se equivoque, esto no es la celebración de un mundial de fútbol, ni de un triunfo en Eurovisión. No es sentirse parte de un hecho que reúne al país en torno a la televisión. Es pura ostentación de poder militar. Muchos critican el fanatismo de los musulmanes más radicales y las surrealistas celebraciones del Gran Líder norcoreano, pero realmente no se diferencian tanto de lo que se vive año tras año en la Castellana. El soniquete constante en los informativos retrotrae a tiempos de NO-DO y cartilla de racionamiento.

Ojalá esto fuera como el Día de la Reina holandés. Desgraciadamente, aquí la gente no se viste de naranja y pasea borracha por la ciudad. En España el día patrio es el día de las familias cristianas, de los comandantes y del máximo de share de Intereconomía.  Basta ya de hombres con polo que se agarran la huevada por su país y mujeres que preparan bocadillos de tortilla mientras sus hijos levantan el brazo derecho en un peligroso juego de niños.

12 de octubre. Día de la Hispanidad. ¿Qué se celebra? ¿El día de la Guardia Civil? ¿El asesinato de los nativos americanos? ¿El santo de Pilar Rubio? Todo esto y nada a la vez. Dante decía en Martín Hache que la patria es una invención. Pura estadística. Líneas trazadas con rotulador sobre un mapa. Fronteras que aparecen y desaparecen a golpe de tippex y decretos.

A mí, desde que era pequeño, la única banderilla que me ha hecho disfrutar es la del aperitivo. Porque yo también creo que la patria es un simple invento. Y que el 12 de octubre no es más que un hospital.

3 comentarios:

  1. Lo mejor es que decidieron cambiarle "oficialmente" el nombre de Día de la Hispanidad porque era ofensivo, y después de muuuucho vacilar (lo típico en el género español-dirigente, vamos) lo decidieron llamar "Día del Encuentro entre Culturas".
    Jódete.

    Por cierto. Los periódicos rancios se rifarán tus columnas de opinión incendiarias... Pero tú serás mejor que todo eso.

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  2. Yo siempre he sido muy pirómano, muy de incendiar. Como dice Risto en el Twitter, 'si cuando hablas nadie se molesta, es que no has dicho nada'.

    Ahi lo dejo jajaja

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  3. Maria "chamas"23 de octubre de 2011, 7:45

    12 de octubre tbn es una calle de mi barrio!jjajaja
    Espero que hayas tomado nota de esto para tu charla sobre la falange!

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