martes, 2 de julio de 2013

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Se van arrugando la piel y los deseos, y los recuerdos se convierten en uno más de los libros que nunca vuelven a la biblioteca de la que provienen. Todos los esquemas pierden lo que sus corchetes contienen, dejando por el camino todas las caras que fueron construyendo su vida. Viviendo en un eterno autobús, escudriñando facciones para encontrar conocidos con los que compartir asiento y un puñado de chascarrillos.

No recuerda el día en que dejó de recordar, pero sí el último día que recuerda, el día que cierra su vida. Ya nadie lleva hombreras, nadie recorre la avenida en Simca 1000 color ocre con la chapa descolorida por el sol y dos maletas de cuero ennegrecido sobre la baca. Hay muchos canales en la televisión y la radio ha dejado de ser entrañable. El ruido dificulta aún más la difícil tarea de hilar lo que ve con lo que acaba de ver hace unos instantes.

Los relojes se convierten en ruletas rusas que no dejan de girar, y cada vez que la aguja concluye de nuevo la circunferencia, siente que la bala está más cerca. Entra una vez más en su bucle.  Al menos los que le rodean saben que la felicidad intenta no transpirar, y que sonríe cuando prueba por primera vez, de nuevo, su plato favorito.

No tiene ni la más remota idea de lo que significa cognitivo, pero se toma cada mañana la ristra de pastillas bajo la atenta mirada de aquella señora de nariz aguileña y gafas con montura a la vista. Un desfile de confeti médico que agrieta su delicada tráquea. Tras la náusea, arquea los pies y  sueña con detener la fermentación que va pudriendo día tras día un nuevo resquicio de su memoria.

A veces decide perder la mirada para no perder la cabeza, porque sabe que cada día se queman unos cuantos detalles, postales de lugares, personas y bicicletas que se convierten en cenizas. Una enorme pira de sucesos e historias. Una montaña de escombros que arde hasta acabar con todo el bosque.  

Y acumulando cenizas se pregunta hasta qué momento puede seguir considerándose vivo, si todavía se levanta cada mañana con ilusión porque el hombre ha llegado a la Luna. ¿Y ahora resulta que ese tío se ha tirado desde la estratosfera? Cuando se acaban los años y las cenizas rellenan la urna, ¿qué queda?

Ni siquiera puede saberlo. Quizá cuando acabe el Franquismo la ciencia avance un poco más.

sábado, 25 de mayo de 2013

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Estoy harto de que perviertas mi alma absolutista, empeñada en acumular pedazos de mí en tu bolsillo, con esa pose de Cánovas que tienes cuando te levantas. Que me tienes harto del turnismo, joder, que a veces prefieres mis órganos y otras rebuscas en las basuras ajenas. Y yo no quiero más corruptelas en mi fuero interno, soy nacionalista de mis adentros y exijo la voz que no me das.

Que creyéndote demócrata acabas imponiendo tu régimen, mientras yo, en mi burbuja, sigo reconstruyendo mi constitución para no deshacerme. Pero tú implantas las legislaciones, y me reduces a susurros y decretos efímeros. Me tienes hasta los huevos, con tu populismo insulso, tus lloreras y tus bofetones. Tejiendo miradas repletas de demagogia para que los demás se adscriban al revuelo que tienes montado.  

Eres déspota, pero guapa. Yo, que siempre fui de amores fascistas, opresores, me descubro hoy plural. Porque tus leyes, aunque anquilosadas, me convierten. Y ya no quiero más fascismo, exijo democracia, un amor de cantón suizo. Porque todo acaba girando en torno a ti cuando estiras los tentáculos, y en las calles todo es tu recuerdo, y eso que desde la última vez que te vi, para mí solo eres propaganda. Y esto ya no puede ser, necesito nuevos amores, corazones ilustrados, besos regeneracionistas.

Desde tu trono, continúas con los trienios liberales cuando te aburres, pero cuando acudo a tu puerta, me sonríes ominosa, dispuesta a sustituirme por Cien Mil Hijos de Puta. Me agarro al republicanismo para negarte por última vez, pero tus mordiscos parisinos me lo impiden. Porque cuando estás débil, titubeante, me disparas de nuevo para tenerme una vez más a tu completo servicio.

Con este, son ya 98 los desastres que has gestado, y yo sigo con mi ímpetu imperialista. Perdí las colonias de tu cuello hace tiempo, pero me convenzo de que son recuperables, de que están impregnadas de mi esencia. Siempre me dijeron que la Historia hay que aprenderla, para nunca repetir los errores. Pero contigo no funciona.

La Pepa, la zorra más grande que jamás conocí.

domingo, 5 de mayo de 2013

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Para salir de una estación de tren puedes elegir entre las escaleras de la derecha y las de la izquierda. Llevan al mismo sitio, pero siempre está bien poder decidir por qué camino llegar a la salida. De hecho, a veces paramos tras los tornos para tomar una concienzuda decisión o, después de unos días descendiendo por la derecha, nos rebelamos contra nosotros mismos y bajamos con ansia por la izquierda.

La política española funciona tradicionalmente de la misma manera. Los hay maniáticos, de ideas fijas, infectados por la neurosis, de senda inamovible, de fichar en la urna. Otros bajan de manera alternativa por unas o por otras, o escogen aleatoriamente, de manera visceral,  tirando un par de dados al aire.

El problema es que algunos viajeros se dieron cuenta de que ambas escaleras llevaban al mismo destino. Y se encontraron atrapados en el andén, porque no querían bajar ni por una ni por otra. Los trenes seguían pasando, y la mayoría continuaba escogiendo un tramo de escaleras para continuar su caminata. Sin embargo, el goteo de insumisos se fue acumulando junto a la vía, negándose reiteradamente a elegir entre dos caminos aparentemente divergentes pero que comparten el último escalón.

Una muchedumbre grita a los que permanecen en el andén que una de las escaleras está más cuidada que la otra, que está adaptada para minusválidos, que tiene una papelera a mitad de tramo. Otro grupo contesta, enfurecido, que su escalera conserva impecables las trazas del granito, que ningún escalón está roto, que el tramo que custodian está construido por Calatrava. El primer grupo vocifera que todo eso es una sarta de mentiras, que nada de lo que Calatrava construye con nuestro dinero consigue mantenerse en pie. Los rivales contestan que construir  dos tramos de escalera ha sido, sin ningún ápice de duda, un nuevo despilfarro.

Los rebeldes escuchan pero ni se molestan en contestar, y siguen resistiendo bajo las lámparas de tungsteno. Empiezan a preguntarse por qué permanecen allí, por qué continúan quietos. Algunos se solidarizan con su causa, y desde el otro andén, el que no obliga a elegir entre dos tramos de escaleras, reparten vítores y aplausos. De repente, un chaval sentado en el suelo que había permanecido en silencio hasta entonces, decide levantarse y recordar a sus compañeros que están legitimados para construir nuevas escaleras sin limitarse a elegir entre un puñado de sendas establecidas.

Algunas plañideras del idealismo lloran de emoción, muchos sonríen con complicidad mientras escriben un tweet y otros deciden cruzar las vías de manera apresurada y son arrollados. Tras el obligado luto que acompaña siempre a los que pecan de irreflexivos, los que permanecen vivos deciden tirar todas sus pertenencias a las vías para construir un dique que les permita pasar al otro lado. Trabajaron juntos con un horizonte tan firme y definido que la cohesión permaneció incorrupta, presa del potente adhesivo que supone la unión ciudadana.

Era su estación, eran sus vías y eran sus escaleras. Nadie tiene derecho a poner placas en un tramo de escalera, nadie puede apoderarse ni de una papelera ni de un mísero fluorescente. Las medallas que otros portaban con orgullo eran también suyas. Comprobaron el recurrido tópico de que la unión hace la fuerza, y cruzaron las vías con decisión hacia la salida, demostrando que nunca debemos pensar que construir otro camino está fuera de nuestras competencias como súbditos. Si no se hubieran unido, habrían sido incapaces de construir un nuevo puente. El disidente podría haber sido detenido e incluso encerrado.

Pero no se puede encerrar a una masa que exige una nueva ruta, un acceso que no beba de errores estructurales del pasado. Una multitud que reivindica una escalera que por fin ascienda, para dejar atrás las anteriores, aquellas que descienden frenéticamente para convencernos de que está justificado que vivamos en un infierno eterno.

martes, 26 de marzo de 2013

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De pequeño soñaba con trabajar en una papelería. Viviendo entre montañas de bolis clasificados por colores, ordenando ese estante repleto de telarañas que guarda las peores novedades del mercado del libro de bolsillo. Si algo recuerdo de aquellos años es a mi madre repitiendo un ritual que me hacía feliz cada septiembre. El verano daba los últimos coletazos de sol y sequedad, y yo subía los escasos metros que separan mi casa de la papelería más famosa del barrio con un dineral en la mano. Cogía fuerte mis 20 eurazos, entraba en la tienda y saludaba a Sonia con una sonrisa triunfal.

Elegir un estuche era tarea sencilla, pero escoger el material que me acompañaría todo el año me traía muchos quebraderos de cabeza. El orden no es una de mis virtudes y soy profundamente vago, pero con las cosas del colegio era otro rollo. Le echaba la bronca día sí y día también a la subnormal de Paula por pintar sus sueños en mis impolutos libros de Conocimiento del Medio y odiaba dejar lápices a todos esos que los mordían hasta desfigurarlos.

Cada año elegía el tipo de bolígrafo que rellenaría mis cuadernos, siempre el mismo, siempre durante todo el año. Nunca cambiar, ideas fijas, ese chispazo de orden que necesitaba en mi vida. Ponerle la tapa al subrayador tras usarlo, y preocuparme por tener minas en la recámara del estuche, como un yonki del grafito.

Los cursos pasaron y me vi en el Bachillerato, con los huevos peludos y un puto estuche marrón de Eastpack que me había costado diez pavos. Un atentado de tippex hizo que el anterior tuviese que jubilarse. Me iba haciendo mayor, pero seguía aferrándome a mi estuche, a los Stabilo Boss de color naranja, tapa negra y punta ultrafina. Continuaba huyendo de las gomas Milán y los BIC, riéndome de aquellos que podían tomar apuntes con lápices del IKEA.

Seguía cagándome en mis amigos, porque durante largas noches de estudio, Elena y Apraez disfrutaban prostituyendo mis exquisitos apuntes con enormes hojas de marihuana y chorradas psicodélicas. Un cóctel de citas célebres poblaba los márgenes de los libros que aún conservaban a finales de curso. A Selectividad también me acompañaron, ellos y mi estuche.

Creía que me había hecho mayor, pero cuando llegué a la Universidad, me volví a plantar con los jodidos 20 euros en la puerta de la papelería. El primer año solo me compré un clasificador negro, un par de cuadernos y cinco bolígrafos negros. Reciclé portaminas, goma de borrar, lápiz supletorio, minas, subrayadores e incluso un sacapuntas plateado que murió virgen, porque nunca llegué a usar aquel lápiz supletorio.

En segundo de carrera me volví a comprar el mismo clasificador negro, los mismos cuadernos y un par de bolígrafos negros. Mi estuche marrón de Eastpack seguía aguantando todas las tempestades, pero se fue vaciando poco a poco según pasaba el curso. Eso sí, aún conservaba sus pilares, esa goma de Maped que me duró la tira de años, o el sacapuntas plateado, que seguía virgen pero tenía una china pegada.

De repente, lo único que configuraba mi espíritu de estudiante, ese que palidecía cuando había que madrugar demasiado o copiar apuntes durante horas, desapareció. Cuando fui a empezar mi tercer año en la universidad, el estuche marrón había desaparecido. De hecho, sigo sin encontrarlo. Y lo que es peor, llevo todo el curso con un subrayador amarillo desgastado, un BIC negro sin tapa y un bolígrafo de un restaurante segoviano.

Hace meses que no voy a la papelería, porque he dejado de copiar apuntes, de pasarlos a limpio, de subrayar el grueso del texto en amarillo, las claves en naranja y los autores en rosa. Quizá porque he dejado de ser ese niño organizado e ingenuo, o porque he perdido el interés por copiar como un autómata cosas que no me interesan.

Ya no quiero trabajar en una papelería, y ahora no sé a qué quiero dedicarme. Me gustaría seguir siendo un niño, con su estuche y su clasificador dividido por asignaturas, pero ahora en mi mochila hay poco más que fotocopias arrugadas, botellas de agua vacías y hebras de tabaco. Al final me he quedado sin pasado y sin futuro, viviendo de bolígrafos prestados y apuntes ajenos. Lo de estudiar ha empezado a perder su gracia, pero tampoco aparece ninguna opción alternativa en el horizonte.

Cada día soy un poco menos niño, pero también un poco menos adulto. Hoy no tengo ni orden vital ni perspectivas de futuro. He estado agarrándome a mi estuche sin pensar en lo que vendría después, y me aterroriza pensar qué haré dentro de unos años, con un título de papel cebolla y sin esa rutina universitaria, cómoda y asequible, que te organiza ligeramente la vida aunque no te dejes.

Veintiún años. Sin futuro y sin estuche. Creo que la austeridad y el pesimismo están calando hondo en mi cerebro. 

viernes, 30 de noviembre de 2012

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Admiro a la gente que tiene más capacidad que yo para despegarse. Para desprenderse, para perder adherencia, para olvidar, para borrar. A esos que son capaces de incorporar nuevas fotos al álbum sin pararse a pensar que ninguna cara de la página final coincide con las de la primera. Aplaudo a los que tapan unas historias con otras hasta reducir la vida a la foto que nos sonríe desde el marco del salón.

En parte me gusta ser capaz de palpar mi vida a tientas, ponerme a recordar cosas de antaño, caras de antaño, historias de antaño. Qué palabra más horrible, por cierto. Me gusta recubrir de engrudo a la gente para no dejar nunca de recordar. Recordar significa volver a visitar lugares del pasado, y disfruto revisitándolos como si fueran hoy, como si siguieran todavía pegados a mí. Como si nunca hubieran dejado de estarlo. Y me pregunto qué siente la gente que disfruta arrancando postales de la pared, quemando cartas de infancia en la vitrocerámica, borrando cintas de vídeo de fin de curso.

A veces pienso que me gustaría ser capaz de convertir el pasado en archivadores que cogerán polvo en armarios inertes, pero luego me doy cuenta que nadie es nada sin su pasado, porque es el pasado quién te revela tus errores, tus decisiones, tus miedos y en definitiva, todo.

Siempre he preferido los fines a los principios, porque su éxito depende de mí. Al fin y al cabo, los principios solo sirven para decepcionarse y decepcionar al resto. Podemos vivir eternamente en un presente que renovamos cada madrugada, pero relegando los recuerdos al desguace, nos privamos de reciclar, y la vida es eso, reciclarse constantemente, sacarnos todo el jugo antes de acabar bajo tierra.

Quiero seguir pegando recortes en un collage que algún día, orgulloso, seré capaz de colgar. Y que sea tan grande que ocupe todas las paredes, que cada foto de carnet sea una historia y cada servilleta una cena que acabó bajo la mesa. Un collage que sea epitafio, resumen. Aquí yace mi vida, y el trozo de mí que cada uno de los retratados se llevó en su momento.

La tumba, lo único que nos iguala a todos. Donde no existe pasado, presente o futuro, ni siquiera recortes. Solo humedad y silencio. Lo único que verdaderamente nos despega, aunque no queramos. Hasta entonces prefiero adherirme fuerte. 

lunes, 8 de octubre de 2012

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Cuando llegar tarde a clase no va a suponer ningún reproche, o al menos poco más que una leve reprimenda, me gusta tomarme el viaje a la Universidad con calma. Disfruto especialmente del trayecto que separa el metro del cercanías. Mastico cada paso, lentamente, mientras el resto de viajeros caminan por rutas divergentes, rutas que suelen confluir en choques que se disuelven con la rapidez con la que se producen, y a veces dejan el rastro de disculpas que no llegaron a tiempo para ser escuchadas.

Subo todas las escaleras con la parsimonia que me caracteriza, intentando adivinar qué tren anunciaran por megafonía, y esperando que no sea el mío. Cuando la locución acaba, siempre hay algunos que deciden intentar romper los récords de Usain Bolt en ese minuto de margen. Un instante que huele a sudor incipiente, pero también a victoria, si consigues llegar antes de que las puertas se cierren.

Yo soy más de caminar pensando donde irá toda esa gente, preguntándome si sus motivos para correr siguen intactos, o simplemente se mueven empujados por su sombra. Me encanta descubrir qué nueva guarrada envasada esconden las máquinas expendedoras y escudriñar qué libros se han diluido tanto como para costar 3 euros en el andén de una estación. Al final, me sorprendo cuando incluso escuchando esa locución que genera sprints repentinos, consigo coger el tren que me hace llegar un poco menos tarde.

Y entonces es cuando empiezo a despertarme, cuando las ideas comienzan a yuxtaponerse, convirtiéndose mi mente en una especie de mapa ferroviario. Hubiera preferido que la inspiración me secuestrara debajo de un cedro en el Retiro, pero en fin, supongo que atravesar los barrios más grises escuchando las elegías de los que nunca tuvieron la suerte de su lado, esos que están atrapados entre la metrópolis y el extrarradio y sobreviven con lo que recaudan cada mañana, también tiene su punto. Seguro que la generación beat hubiera cambiado los resquicios más oscuros de Nueva York por la línea C-4 de Cercanías.

Quién sabe si algún día caeré en ese agujero negro o, por lo contrario, seré capaz de abrirme paso hasta Atocha, cruzar Sol a bandazos, llegar a la cumbre en Nuevos Ministerios y finalmente huir desde Chamartín. Quién sabe.

martes, 25 de septiembre de 2012

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DEMOCRACIA (Del lat. tardío democratĭa, y este del gr. δημοκρατία).
1. f. Forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos.


Desde la platea, visionó durante meses el espectáculo que tenían montado ahí dentro. Supone que todo se ve mejor desde fuera, en perspectiva, enfocando con rigor, desde otro punto de vista. Desde dentro se ve todo peor, más difuso, y la profundidad se limita a lo que permite el horizonte. Y desde fuera, se había dado cuenta de que algo se había estado desplazando poco a poco.

La señora democracia se miraba, pasota, a un espejo de los de Valle Inclán, de los que te deforman y no te dejan recordar como eras antes de ser violada. Decreto a decreto la habían convertido en sumisa, y la mancillaban repetidas veces mientras gritaban que el sexo era consentido. Como quienes dicen poseer a una mujer en Oriente Próximo, y al final acaban convenciendo al resto de que tienen derecho a anularla, a actuar en su nombre.

Se buscaba, irreconocible, la señora democracia, cubierta de un barniz que no dejaba entrever ni grietas ni arrugas. Se dio cuenta de que lo que fallaba no era el maquillaje, no fallaban las montañas de papeletas los años bisiestos. Lo que se había vaciado eran sus cimientos, que ya no tenían sustrato, no existía pueblo. Al final, los ciudadanos habían permitido que los gobiernos actuasen con ella como un truhan iraní. Habían consentido que lapidaran sus derechos, y muchos sonreían dichosos mientras cogían guijarros del suelo. Porque solo se puede persuadir al pueblo tirando cantos rodados. Los bloques de granito nunca han sido muy discretos.

Hace muchos años ya desde que le abrieron la puerta a la señora democracia. Entró casi sin llamar, con ilusiones, y la encerraron dentro. Hoy vive en un zulo, turnando su mirada entre el espejo y las rejas de la ventana. Desde allí veía que su país dejaba de defender el Estado del Bienestar y agachaba la cabeza, con una inaudita connivencia, frente al nuevo Estado policial.

Siete reformas educativas después, era hora de que los ciudadanos se dieran cuenta de que cada día les ponen el pie en el cuello para que caminen en fila india y sin montar jolgorio por las pestilentes aceras de la urbe. Cada día más tontos y más sumisos, más totalitarios y más confusos.

El pueblo ha dejado de emanar soberanía para sustituirla por un hedor insoportable. A rancio, a casa con humedades, a pescado adquirido en el 78. Lo más lógico sería pensar que de la degeneración democrática tiene que nacer, necesariamente, una regeneración. En un tiempo donde cada día surgen revoluciones tecnológicas y hordas de widgets, olvidamos revolucionar lo que de verdad nos rige, nos encauza y hoy, lo que nos domina.

La señora democracia siempre fue más de debates incendiarios que de incendiar contenedores, pero desde que la deconstrucción había saltado de los fogones a la Constitución, empezó a cagarse en todos los Adriás y Redzepis que ocupaban su casa. Su hemiciclo. El de todos. Pudimos aceptar que nos mearan encima, perjurándonos que llovía. Pero tras la lluvia no hubo brotes verdes, y aún así, muchos parecen dispuestos a tragar y sonreír.

Nos han quitado a la nueva Pepa, a la que intentamos construir entre todos, en una época donde la memoria, teñida de sangre, nos hacía tender la mano al consenso aunque fuese tapándonos la nariz y con los ojos cerrados. La señora democracia estuvo siempre orgullosa de que en los colegios españoles se presumiera de una Transición ejemplar que servía de referente en todo el mundo.

Por mirarnos el ombligo desde entonces, ni nuestros colegios ni nuestros decretos-ley son hoy referentes para nadie. La señora democracia se lanza decidida a romper el espejo y a echar las rejas abajo. A invadir con su espíritu a todos los que pasan por la calle y a soñar con que sus vástagos recuperen lo que nunca dejó de ser suyo.

lunes, 21 de mayo de 2012

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La figura tras la cortina continúa con su montaje certero, en un ritual teñido de una sangrante frialdad, la perfecta praxis. Una gota recorre su sien mientras él se estremece de placer y ambición. Un corte perfecto, una ligera erección. Las pestañas se han adherido correctamente.

Se seca el sudor de la cara con una toalla azul y piensa en destrozarle de nuevo la cara al fiambre para poder sentir otra vez la tensión. Sabe que le vigilan. El piloto de la cámara le convierte en uno más del mundo soñado por Orwell. Siente un retortijón mientras se quita la mascarilla y los guantes, abalanzándose después sobre la pila para eliminar el olor a formol.

Los días pares se pregunta por qué eligió este trabajo. Se miente a sí mismo, día sí, día no. En realidad siempre conoció la respuesta, el placer del artesano refugiándose en modelos inertes, la superioridad de saberse respirando frente a un cadáver.

La vida y la muerte, la muerte y la vida. Límites difusos, es consciente, y mientras mira la sonrisa entrecortada del muerto intenta volver a mentirse. Acaba convenciéndose de que es feliz porque está vivo. El cadáver sonríe con más fuerza. Solo él sabe que la felicidad se alcanza deshojando responsabilidades, despegándose del mundo.

El embalsamador suspira. Otro día de trabajo que acaba en el congelador. Vuelve a enjuagarse las manos para deshacerse de ese asqueroso olor a muerte. Su último aliento al cruzar la puerta de la funeraria huele más a tumba que a violetas, y afuera es de noche, pero incinera la pregunta antes incluso de formulársela. Porque sabe que cruzó hace tiempo la frontera entre ambos mundos.

Nadie le acompaña en el autobús nocturno, que recorre como un bólido avenidas halógenas que perdieron su hálito. En su apartamento de alquiler, té gélido y galletas danesas reblandecidas. Intuye que hoy dormirá tranquilo, porque los comienzos de mes siempre son días impares. Y mañana será un día más. O un día menos.

martes, 10 de abril de 2012

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El chico puede bailar. Aletea mientras mueve fatigosamente una pierna detrás de la otra, ahora delante, ligeramente de lado,  de nuevo pierna delante, de nuevo pierna detrás. Baja silbando la inhóspita avenida como si fuera una suerte de Billy Elliot castizo. Huye porque sabe que sus ídolos también huyeron, porque el destino le niega otra vez su relevancia, porque los semáforos siempre son rojos y las piernas se cierran otra vez.

1, 2, 3 y 4. Apaga los incendios con pisotones que saben a claqué. Cambia de color los pasos de cebra y seca las aceras de lluvia. Deja su avenida y se lanza a conquistar nuevas carreteras. Aletea con más fuerza si cabe y lanza el último grito. A partir de ahora si no hay música chasqueará los dedos. Si no hay historias, las inventará. Practicará coreografías en las puertas de hospitales que se resquebrajan, regalará piruetas a la puerta de colegios que caminan sobre la cuerda floja.

Se enciende un cigarro nada más salir del metro y hace bailar al humo. También a la castañera que se esconde tras bufandas y butano, y a la pareja que cruza la Gran Vía con los dedos (y los sueños) entrelazados. Decide que hará bailar siempre a los que se crucen con él tras las esquinas, a los gatos, a los amantes furtivos, a las putas, a las farolas. 

Nunca detendrá su danza, intentará hipnotizar a empresarios estresados y a madres que rebuscan en el monedero para comprar chucherías. A viudos que visitan burdeles pestilentes y a carteles humanos que nunca podrán comprar lo que anuncian. A niños que no encuentran su lugar en el mundo y a jóvenes que intentan hacer del mundo un lugar más habitable. A personas que no saben en qué se ha convertido el mundo y a mundos que se flagelan para no morir del todo.

viernes, 2 de marzo de 2012

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Siento pánico en escaleras, avenidas y esquinas. Pavor en bibliotecas, garajes y playas. Terror en Madrid, Ljubljana y Bangkok. Recelo en el centro comercial, desconfianza durmiendo sobre cualquier pecho. Temor en bosques sombríos y aprensión tras madrugadas difusas. Vértigo cuando las oportunidades se acercan, escalofríos compartiendo ascensor.

Las miradas son sospechas, las sonrisas son engaños. Los barbudos son rasguños y los ombligos pozos sin fondo. Los piercing son puñales, los tatuajes cárcel, las cicatrices relaciones fallidas. Las rubias son zorras, las morenas furcias, las pelirrojas rameras, las castañas meretrices. 

Los coches son atropellos, las motos derrapes mal calculados, las bicicletas no llevan bocina. Las embarazadas transportan droga en el estómago. Las madres primerizas llevan bombas lapa bajo el carrito. Los padres calvos son pedófilos. Los trenes significan soledad y los aviones nunca acaban de despegar. Autobuses que solo son humo y barcos sin puerto.

Las charcuterías son armerías de tapadillo, las droguerías proyectos de futuras bombas y los camellos nos venden yeso para noches que se tambalean. Esas donde los adoquines son tropiezos y las alcantarillas abismos. Esas donde los besos son herpes y las caricias bocetos de maltrato. Esas donde las camas de noventa provocan fracturas y en las que el alcohol ahoga la última ronda de esperanza.

La lluvia rellena de mierda los poros, el granizo hace brechas y la nieve cauteriza heridas que continúan abiertas. Las hojas de los árboles son desnuque si hay escarcha, las farolas son traumatismo si hay despiste. Los silencios son prejuicios y las palabras mentiras. Los amores son fraudes y los odios, fraudes sin superar.

Y aquí sigo, con miedo al mundo. Un miedo a lo que vendrá, pero también a que vuelva lo que un día estuvo. Un miedo arraigado, que sobrevive entre hematomas del pasado. Un miedo que intento echar a patadas del apartamento cada mañana. Un miedo que lo engulle todo.